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Resumen
(No debe darse a conocer antes del 3 de deciembre de 2002)
El ingreso no es la única forma de medir la pobreza y el crecimiento
económico, por sí mismo, no la eliminará. Para escapar de la pobreza
es preciso lograr mayor capacidad personal y mayor acceso a los
recursos, las instituciones y el apoyo.
La discrepancia global entre ricos y pobres, en todo el mundo
y dentro de un mismo país, ha ido en aumento. La diferencia en el
ingreso per cápita entre el 20% más rico y el 20% más pobre de la
población mundial aumentó desde 30 a 1 en 1960 hasta 78 a 1 en 1994.
Decreció levemente hasta 74 a 1 en 1999.
La mala salud, el analfabetismo, la insuficiente escolarización,
la exclusión social, la falta de poder y la discriminación por motivos
de género contribuyen a la pobreza. La mala salud reduce la capacidad
personal, rebaja la productividad y aminora los ingresos. La alta
prevalencia de la enfermedad y la mala salud en un país perjudica
su rendimiento económico, mientras que una mayor esperanza de
vida, indicador fundamental del estado de salud, estimula el crecimiento
económico. Un análisis de 53 países entre 1953 y 1990
comprobó que un 8% del total del crecimiento económico podía
atribuirse a las más altas tasas de supervivencia de adultos.
El progreso ha sido más fácil y rápido en los países que han
ofrecido servicios de salud reproductiva, incluidos los de planificación
de la familia, mayor cobertura y calidad en la educación
y mayor igualdad de género y que han establecido sistemas de
gobernabilidad y participación social con responsabilidad y
rendición de cuentas.
Para diagnosticar la pobreza y extraer implicaciones para las
políticas, es preciso utilizar una sabia combinación de información
sobre el ingreso, los indicadores y la participación. Las instituciones
deben tener incentivos para utilizar esta información a los fines de
la planificación.
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