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Resumen
(No debe darse a conocer antes del 3 de deciembre de 2002)
Es mayor el número de mujeres que el de hombres que viven en la
pobreza. En el último decenio la disparidad ha aumentado, particularmente
en países en desarrollo. Al reducir la “discrepancia de
género” en salud y educación se reduce la pobreza individual y
se alienta el crecimiento económico.
Si bien el crecimiento económico y la elevación del ingreso reducen
la desigualdad de género, no eliminan todas las barreras que se
oponen a la participación social y el desarrollo de la mujer. Es preciso
adoptar acciones concretas para asegurar que las instituciones sociales
y jurídicas garanticen la igualdad de la mujer en cuanto a los
derechos humanos y los derechos jurídicos básicos. Las mujeres necesitan
tener acceso a la tierra y otros recursos y poder controlarlos,
y también necesitan empleo e ingresos equitativos, además de participación
social y política.
Los efectos más obvios y brutales del prejuicio de género se ponen
de manifiesto en la violencia sexual. Una de cada tres mujeres será,
en algún momento de su vida, víctima de violencia.
El grado de poder, el nivel de nutrición, el estado de salud y la
asignación del tiempo pueden ser factores más importantes que el
ingreso para determinar las diferencias en bienestar entre hombres
y mujeres. Las encuestas muestran que en casi todos los países, las
mujeres trabajan más horas que los hombres y que al menos la mitad
del tiempo total de trabajo de la mujer se dedica a tareas no remuneradas.
Gran parte de este trabajo no se computa en los sistemas de
cuentas nacionales. Esta invisibilidad se trasunta en incapacidad:
lo que los países no computan, tampoco lo apoyan.
Los programas que reducen la desigualdad de género pueden
mejorar apreciablemente el bienestar de los individuos y los hogares
y el crecimiento económico de los países. Si los países de África al
sur del Sahara, el Asia meridional y el Asia occidental hubieran
tenido la misma proporción femenina/masculina en años de escolarización
que el Asia oriental en 1960, y si aquellos países hubieran
eliminado la discrepancia de género en la educación con la tasa
lograda en el Asia oriental entre 1960 y 1992, su ingreso per cápita
podría haber aumentado de 0,5 a 0,9 puntos porcentuales más por
año en África al sur del Sahara, 1,7% más en el Asia meridional y
2,2% más en el Asia occidental.
Al mejorar la educación de la mujer se contribuye a reducir las
tasas de fecundidad y de malnutrición infantil y a mejorar la supervivencia
de las madres y los niños. Un estudio comprobó que un año
adicional de educación femenina reduce la fecundidad total en 0,23
alumbramientos; según otro, la reducción es de 0,32 alumbramientos.
En los países donde las niñas tienen una probabilidad de asistir
a la escuela igual a la mitad de la de los niños, hay en promedio 21
defunciones más de recién nacidos por cada 1.000 nacidos vivos que
en los países donde no hay tal discrepancia de género.
Otro factor clave para frenar la epidemia de SIDA es empoderar
a la mujer. Actualmente, las mujeres constituyen casi la mitad del
total de adultos infectados; en los países más afectados de África al
sur del Sahara, constituyen el 58% de los
adultos infectados. Un estudio sobre Zambia reveló que sólo un 11%
de las mujeres entrevistadas pensaban que una mujer casada podía
pedir a su esposo que usara un condón, aun cuando supiera que
él había visitado a trabajadoras del sexo y que probablemente
estuviera infectado.
La comunidad mundial ha elaborado un valioso conjunto de
disposiciones para abordar la desigualdad. Sus recomendaciones
figuran en la Convención sobre la eliminación de todas las formas
de discriminación contra la mujer, el Programa de Acción de la
Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (1994)
y la Plataforma de Acción de la Cuarta Conferencia Mundial sobre
la Mujer (1995).
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